Si bien la ventana de transferencias de enero ya está operativa y ha movido millones, como los 35 millones de libras por el traspaso de Brennan Johnson al Crystal Palace, el mercado de pases pasó a un segundo plano este lunes. La noticia que sacudió el fútbol inglés llegó desde las oficinas de Old Trafford: el Manchester United decidió despedir a Ruben Amorim de manera fulminante.
La drástica medida no responde solo a resultados, sino que parece ser la consecuencia directa de la furiosa descarga del técnico portugués tras el partido contra el Leeds el domingo. Sus declaraciones incendiarias sellaron su destino inmediato, obligando a la directiva a nombrar a Darren Fletcher como técnico interino para intentar apagar el incendio antes del choque contra el Burnley este miércoles. Mientras la incertidumbre reina en Manchester, la acción en la cancha también dejó historias increíbles en Londres.
Ilusión óptica en Craven Cottage
Lejos del drama administrativo del United, el Liverpool protagonizó un desenlace de infarto ante el Fulham. Todo indicaba que los “Reds” se llevarían los tres puntos cuando, en el minuto 94, Cody Gakpo empujó el balón a la red para decretar el 2-1 parcial. La euforia fue total: camiseta al aire, grito primal y el abrazo sofocante de sus compañeros.
El relato televisivo ya daba por cerrado el encuentro tras una batalla durísima donde el Fulham no se achicó y donde incluso el empate previo de Florian Wirtz requirió una revisión exhaustiva del VAR por fuera de juego. Parecía otra de esas victorias trabajadas, típicas del equipo de Arne Slot al inicio de la temporada, ganadas con lo justo y en el último suspiro. Pero el fútbol, caprichoso como pocos deportes, tenía reservado un guion diferente para el minuto 97.
El héroe menos pensado
La pelota llegó a los pies de Harrison Reed a unos 25 metros del arco del Liverpool tras un pase de Kevin. En cualquier otro partido, esta jugada habría terminado en la nada. Reed es ese tipo de futbolista que rara vez acapara portadas fuera de su club, pero que es valorado internamente: un volante de quite, un obrero que sigue las instrucciones al pie de la letra y cubre cada centímetro de pasto. No es un jugador al que las defensas rivales estudien con preocupación; sus estadísticas lo confirman, con apenas siete goles en más de 12 años de carrera y 309 partidos profesionales. Con la camiseta del Fulham, la cifra era aún más escueta: tres goles en 202 encuentros.
Su presente tampoco era el mejor. Relegado al banco por el buen nivel de Sasa Lukic en el mediocampo, su participación había decaído notablemente, sumando apenas 18 minutos en los dos partidos previos al choque con el Liverpool. De hecho, había ingresado a los 90 minutos por un agotado Lukic y apenas había tocado el balón.
Un desenlace fatal para el Liverpool
Por eso, cuando Reed recibió el balón, la defensa del Liverpool no entró en pánico. Probablemente, sintieron alivio de que el esférico no estuviera en los pies de algún delantero brasileño habilidoso, más aún con el área poblada de camisetas del Fulham.
Sin embargo, el zapatazo de larga distancia de Reed se coló de manera espectacular, silenciando a la visita y sumando más miseria al Liverpool en un fin de semana para el olvido. Lo que parecía una victoria segura se transformó en un empate con sabor a derrota, cortesía de un jugador acostumbrado a trabajar en las sombras.
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